sábado, 21 de julio de 2012

vida y obra de Ernest Hemingway


LA LEYENDA DEL JINETE CON CABEZA



Hemingway camina en círculos en su habitación, las hojas desparramadas en el escritorio, las botellas de ron vacías. Su corazón es un agujero negro sin fondo. Su mente, atrapada por el Alzheimer, no le permite comprender ni sus propios pensamientos. Le cuesta no poder recordar. Le duele no poder escribir. Agarra el arma y con el último disparo el último suspiro. Y con el último disparo el adiós.


Lejos, 61 años antes, el 21 de julio de 1899, Hemingway nace en Oak Park (Illinois). Su padre le enseñará a pescar a los 3 años y a los 12 a cazar. Terminados sus estudios no quiere anotarse en la universidad y empieza a trabajar de periodista para el Kansas City Star y al estallar la Primera Guerra Mundial ingresa como conductor de ambulancias de la Cruz Roja. Es herido, recibe honores y regresa a su patria para casarse con Elizabeth Hadley que es 8 años mayor que él. Juntos se van a Paris en donde trabajará como corresponsal por muy poca plata. La escritura y la acción ya ingresaron a su vida. Desde el anonimato, la leyenda empieza a escribirse.





LA PLUMA Y LA ESPADA



“Siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del iceberg. Hay nueve décimos bajo el agua por cada parte que se ve de él. Uno puede eliminar cualquier cosa que sepa, y eso sólo fortalecerá el iceberg”. “He visto un cardume de más de cincuenta ballenas, y en una oportunidad arponeé a una de casi dieciocho metros de largo, y la perdí. De modo que eso no lo cuento. No cuento ninguna de las historias que conozco sobre la aldea de pescadores. Pero ese conocimiento es lo que constituye la parte sumergida del iceberg”. 

Fue esto, junto a su don de no sólo contar la historia sino también de transformarla, de ser ese hombre de acción que siempre fue su estrella, la que le dio vida a su obra. 

Y así, antes de retratar la Primera Guerra Mundial en Adiós a las Armas estuvo en las trincheras y herido cargó a un soldado italiano sobre sus hombros durante más de 40 metros para que no lo mataran. 

Antes de concebir la épica de un anciano que lleva sus fuerzas hasta las ultimas consecuencias para pescar al mas grande de los peces y recuperar el honor perdido supo adentrarse en los mares y ser un eximio pescador. 

Para describir los secretos del boxeo fue boxeador desde la más temprana infancia. Antes de contar las idas y vueltas de Macomber y el león en Kenia recorrió recónditos paisajes africanos y le disparó a búfalos y leones por igual. 

Al describir cómo aniquilar a un hombre subyacían los más de 122 prisioneros alemanes que mató durante la Segunda Guerra Mundial según le mencionó a su editor en una carta de agosto de 1949. Y de la misma manera, antes de reconstruir la bohemia parisina de los años 20 en Fiesta, se codeó con Fitzgerald, Joyce, Gertrude Stein y le enseñó boxeo a Erza Pound a cambio de que leyera sus manuscritos. 

Antes de preguntarse Por quién doblan las campañas fue corresponsal durante la Guerra Civil Española. Y para concebir personajes encadenados a bebidas alcohólicas bebió lo que casi nadie había bebido antes.




Pero no sólo fue un hombre acción. Fue, por sobre todas las cosas, un eximio escritor. Un orfebre de la prosa. Un artesano de la palabra justa. Porque teniendo tantas obsesiones la escritura fue su mayor obsesión. 

El mismo lo dejó en claro en la entrevista que le realizó George Plimpton para Paris Review: “Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer, sólo la muerte puede ponerle fin”. 

Y en la misma entrevista no fueron pocos los consejos que dio: reconoció que la comodidad económica y la buena salud son convenientes para escribir, que es bueno releer los propios libros cuando cuesta trabajo escribir para recordar que siempre fue difícil, que se puede escribir en cualquier parte siempre que no haya visitas ni teléfonos y que no es cierto que el periodismo acabe con el escritor, sino todo lo contrario, a condición de que se abandone a tiempo. 

Y quizás lo que para muchos fue el mayor de sus aportes, el inesperado placebo que descubrió para enfrentar el terror de la hoja en blanco: que el trabajo de cada día sólo debe interrumpirse cuando ya se sabe cómo se va a empezar al día siguiente.


Así como alguna vez, sentado en el café de Saint Michel, al ver ingresar a una muchacha con “el pelo cortado en diagonal como un ala de cuervo” escribió “Eres mía y Paris es mío”, de la misma manera se apropió de un universo que por siempre será suyo. 

El Paris de los años 20 y su generación perdida, las inmensidades naturales y salvajes de África con sus selvas y sus calores pero también con sus nieves del Kilimanjaro, los toreros y sus capas rojas, los secretos del arte de cazar, las armas de cualquier calibre, los guantes de box, las cañas de pescar, los paisajes de Italia, España y Cuba, los sabores del ron, del whisky, de la cerveza, la ginebra y el vino barato y bueno pero también del no tan barato. Todo fue suyo en su prosa, la misma que le permitió ganar el premio Pulitzer en 1953 y el Novel de Literatura en 1954.


EL VIEJO EN SU MAR

La vida, con el tiempo, le fue reclamando a Hemingway su voracidad. Lejos del joven atleta y aventurero que además de escribir algunas de las mejores páginas de su tiempo viajaba en avión de un lugar a otro arrebatando todo aquello que se cruzaba en su camino, en los último años su mente se sumió en un delirio progresivo que lo obligó a entregarse a sesiones de electroshock. 

Dicen que insultaba sin parar. Que pasaba de la euforia a la oscuridad. Que su cuerpo, golpeado por la decena de accidentes (entre los que destacan dos caídas en avión), no cesaba de pasarle factura: dormía poco, su hígado y riñones no funcionaban bien y su presión sanguínea y colesterol eran más que altas, tenía la aorta inflamada y había desarrollado una fuerte fobia a todo contacto físico. Además, su psiquis, ceca por los torrentes de alcoholes bebidos y llena de moretones por los golpes recibidos, también comenzaba a jugarle una mala pasada: enfrentaba depresiones constantes, guardaba silencios sepulcrales, repetía elaborados delirios persecutorios, creía que se encontraba en la ruina económica, se sentía perseguido por los fantasmas de sus difuntos amigos escritores, se desvanecía en explosiones de llanto al notar que no podía escribir (cosa que los electroshocks y los medicamentos incentivaban) y caía en constantes arranques de furia. 

Así y todo dejó varios libros inconclusos que, publicados póstumamente, le dieron a su obra un costado más sentimental, menos frío y controlado, con más preguntas y misterios, muchos más cerca de los sentimientos que de la razón. Y entre todos, El Jardín del Edén quizás sea uno de los mejores ejemplos.


EL HOMBRE VORAZ

Para el final una imagen: un día, en Cuba, Hemingway enganchó un pez espada de doscientos treinta kilos. Luchó con él hasta doblegarlo y lo llevó a tierra. Allí recibió las felicitaciones de sus amigos y se embarcó en una serie de repetidas rondas de mojitos y ron hasta pasado el amanecer. A las dos o tres de la mañana, borracho, caminó hasta el muelle donde la enorme presa estaba colgada cabeza abajo. Sólo bajo la luz de la luna Hemingway se la agarró a puñetazos contra el pez como si fuese un saco de arena. Con su voracidad sin límites. Entre la pesca, el boxeo y el alcohol. Prosaico.





MATERIAL SOBRE HEMINGWAY

CUENTO LOS ASESINOS



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