El
poeta en su laberinto
Autor
que llevó el cuento a una de sus expresiones más acabadas, Poe tuvo una intensa
relación con el alcohol que lo llevó a enfrentar episodios que lo transformaron
en el protagonista de la más intensa de sus ficciones: su propia vida.
Genio torturado, símbolo del
romanticismo, hacedor de historias de perversión, locura y crimen, Edgar Allan
Poe supo darle forma a una obra de tintes tan dramáticos e intensos como los
que tuvo su propia vida. Envuelto en una capa negra que casi nunca se quitó, y
con ojos enigmáticos que le permitieron ver más allá de la realidad cada vez
que se sumergía en alucinaciones etílicas o de opio, su persona puede
confundirse con el cuervo que lo hizo famoso o con el gato negro que torturó
casi tanto como a sí mismo.
El alcohol, desde su temprana juventud
cuando ingresó a la Universidad de Virginia y se sumergió en una vida de
vicios, apuestas y libertinaje adolescente, fue una presencia constante que
marcó el ritmo de sus altibajos continuos, una especie de ruleta rusa en la que
apostó sus días una y otra vez y que lo llevó de breves períodos de
tranquilidad y cierto reconocimiento a extensas temporadas en el infierno, la
pobreza y la desesperación.






