El
poeta en su laberinto
Autor
que llevó el cuento a una de sus expresiones más acabadas, Poe tuvo una intensa
relación con el alcohol que lo llevó a enfrentar episodios que lo transformaron
en el protagonista de la más intensa de sus ficciones: su propia vida.
Genio torturado, símbolo del
romanticismo, hacedor de historias de perversión, locura y crimen, Edgar Allan
Poe supo darle forma a una obra de tintes tan dramáticos e intensos como los
que tuvo su propia vida. Envuelto en una capa negra que casi nunca se quitó, y
con ojos enigmáticos que le permitieron ver más allá de la realidad cada vez
que se sumergía en alucinaciones etílicas o de opio, su persona puede
confundirse con el cuervo que lo hizo famoso o con el gato negro que torturó
casi tanto como a sí mismo.
El alcohol, desde su temprana juventud
cuando ingresó a la Universidad de Virginia y se sumergió en una vida de
vicios, apuestas y libertinaje adolescente, fue una presencia constante que
marcó el ritmo de sus altibajos continuos, una especie de ruleta rusa en la que
apostó sus días una y otra vez y que lo llevó de breves períodos de
tranquilidad y cierto reconocimiento a extensas temporadas en el infierno, la
pobreza y la desesperación.
Julio Cortazar escribió
sobre éste tema en la biografía que incluyó a modo de prologo en la traducción
completa que realizó de sus cuentos: “Desde el principio el alcohol provocó en
Poe un efecto misterioso y terrible, del que no hay una explicación
satisfactoria como no sea la de su hipersensibilidad, sus taras hereditarias,
esa maraña de nervios al descubierto. Le bastaba beber un vaso de ron (y lo
bebía de un trago, sin paladearlo) para intoxicarse. Está probado que un solo
vaso lo hacía entrar en ese estado de hiperlucidez mental que convierte a su
víctima en un conversador brillante, en un genio momentáneo. El segundo trago
lo hundía en la borrachera más absoluta, y el despertar era lento, torturante,
y Poe se arrastraba días y días hasta recobrar la normalidad. Sin duda, esto
era mucho menos grave a los diecisiete años; pasados los treinta, en los días
de Baltimore y Nueva York, configuró su imagen más desgraciadamente popular”.
El yin y el yan de
una sensibilidad extrema
El personaje
de El Gato Negro se reconoce borracho y entre tantas otras menciones
sobre el tema, a medida que describe la manera en la que descuartiza y tortura
a su mascota, dice: “Una noche en que volvía a casa completamente embriagado,
después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba
mi presencia” o “una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en
vino los recuerdos de lo sucedido”. En esta última frase Poe parece estar
hablando sobre sí mismo, sobre cada una de las veces en las que, frente a
episodios de dolor, frustración o adversidades, sin saber qué hacer se ahogó en
mares de alcoholes que lo único que lograron fue profundizar sus penas.
Episodios de
una vida torturada
Los momentos
en que Poe pierde la razón y su vida parece formar parte de sus cuentos son
muchos y casi todos están relacionados con el amor. En 1832, por ejemplo, se
enamora de Mary Devereaux con quien tendrá una relación de un año. Todo se
termina cuando, ofendido por las intromisiones continuas del tío de Mary,
compra una fusta y va a buscar al tío para darle latigazos. El resto de los
parientes, sorprendidos, lo golpean y desgarran sus ropas y Poe atraviesa la
ciudad hasta la casa de Mary en donde arma un escándalo. Según Cortazar en la
biografía antes mencionada “es la primera vez que Poe perderá el control de sí
mismo y se exhibirá sin ropas para mostrar su inadaptación a las leyes humanas”
Al año
siguiente se desarrolla uno de los hechos más enigmáticos de su existencia. Con
25 años se pone de novio con su prima Virginia Clemm, una niña de 13 años con
problemas físicos y de desarrollo mental. Se casan en secreto con el
consentimiento de su tía y, años más tarde, en 1836, se vuelve a casar pero de
manera pública, rodeados de familiares y conocidos. El vínculo le hará bien a
Poe, le dará cierta seguridad sentimental, pero en 1842, mientras tomaba el té
con amigos y Virginia tocaba el arpa, de repente su voz se cortó y la sangre
empezó a salir de su boca. De esta manera la tuberculosis de Virginia se reveló
de golpe lo cual significó la peor tragedia, sobre todo después de que la
enfermedad se llevase a su amada en 1847. Poe empezó a beber cada vez más
atravesando infiernos durante días. En una carta a un amigo escribe: “Seis años
atrás la mujer que amé enfermó con recurrentes sangramientos pulmonares; al
final del año se repitieron estos episodios. Me volví loco de dolor, con largos
intervalos de horrible sanidad. Durante los episodios de absoluta inconsciencia
bebí... Dios sabe cuán a menudo o cuánto”. Y en la misma epístola arriesga un
cambio de perspectiva sobre su problema con el alcohol: “Mis enemigos atribuyeron
la locura a la bebida en vez de atribuir la bebida a la locura”.
Crónica de
una muerte anunciada
Con
altibajos cada vez más constantes, extraviado en pesadillas y sin poder superar
la muerte de Virginia, Poe pasa los últimos meses de su vida en tabernas,
recitándole sus textos a los borrachos, envuelto en pesadillas, arruinando las
últimas oportunidades que le presentaba la vida. Será ésta imagen la que lo
sobreviva y la que opaque su otro costado, aquel que lo presenta como a un ser racional, sensible y creativo que escribió decenas de cuentos de la
mejor calidad, cientos de criticas literarias lucidas y combativas y poemas
cuya sonoridad y perfección léxica pocas veces pudo ser superada. Además, se lo
considera como el inventor del relato detectivesco, gurú del terror y el cuento
gótico e incluso precursor de la ciencia ficción a la manera de Julio Verne o
H.G.Wells. Él mismo reconoció esta disyuntiva en una carta que le dedicó a sus
críticos: “dos días de embriaguez pública me vuelven mucho más notorio que un
mes de trabajo continuo”.
El 3 de
octubre Poe es encontrado en las calles de Baltimore, inconsciente, “muy
angustiado y necesitado de ayuda”. Lo llevan al Washington College Hospital
donde no puede explicar cómo llegó a esa situación ni porqué lleva ropas que no
son las suyas. Si bien se habló de suicidio, asesinato, cólera, rabia y
sífilis, una de las versiones más aceptadas dice que fue llevado a votar en
reiteradas ocasiones por agentes electorales sin escrúpulos que lo emborracharon
para que votase varias veces por el mismo candidato (una práctica que era
bastante común en la época).
El final le llegó el 7 de octubre a las cinco de la
mañana. En su lecho de muerte, antes de expirar, dicen que dijo: “¡Qué Dios
ayude a mi pobre alma!”.




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