sábado, 6 de julio de 2013

vida y obra de Malcom Lowry


La pluma y la botella

Dipsómano por elección, lucido en la confusión y escritor maldito entre los malditos, Malcom Lowry se las arregló para darle forma a una obra mayor desde el mas absoluto caos.


Además de escribir una de las obras más importantes del siglo XX, Malcom Lowry fue quien llevó hasta el extremo la relación entre los escritores y el alcohol. Nadie bebió más que él ni nadie, como él, decidió con tanta claridad volverse alcohólico. Fue de chico cuando, para oponerse a su abstemio y puritano padre, se dijo (y más tarde escribió): “Sabía que, en secreto, había decidido convertirme en borracho cuando fuera mayor”.
        
Como consecuencia, su vida, rodeada de botellas vacías, fue un caos. Dos veces incendió su casa y los manuscritos que tenía. Bebió. Se caso, se divorcio y se volvió a casar. Bebió aún más. Después de recorrer Asia de joven se fue de Inglaterra, su país de origen, y luego de idas y vueltas cayó en México, la tierra que más lo afectaría en su vida pero que mejor le haría a su obra: “México es paradisíaco e indudablemente infernal”. Siguió bebiendo, fue expulsado de México y bebió y bebió hasta cultivar una prosa y una mirada tan real y cruda como metafísica. Deleuze escribió: “Cuando Fitzgerald o Lowry hablan de la grieta metafísica incorporal, cuando encuentran en ella, a la vez, el lugar y el obstáculo de su pensamiento, la fuente y la desecación de su pensamiento, el sentido y el sinsentido, es porque han efectuado la grieta en el cuerpo con todos los litros de alcohol que han bebido”.


En Oscuro como la tumba donde yaceun amigo, uno de sus libros póstumos, el protagonista dice: “Y eso es lo que pasa, supongo: que estoy viviendo el libro que debería estar escribiendo”. Y eso fue lo que hizo Lowry a su manera. Beber y beber para vivir y escribir. Y lo que publicó fue poco pero contundente. Su primer libro fue Ultramarine, una novela inspirada en los viajes a bordo de un buque que realizó en su más temprana juventud. Su otro libro fue la obra maestra que lo expuso al mundo y a la posteridad en tanto lo que fue: un borracho. Porque en Bajo el Volcán, que tardó casi 10 años en escribir, cuenta el último día en la vida de Firmín, un ex cónsul inglés que se ahoga en cataratas de mezcal durante las celebraciones del día de los muertos en Cuernavaca. Y entre tantísimos párrafos el siguiente quizás explique mejor que ningún otro el delirio etílico de Firmín (de Lowry) que llegaría a transformarlo en un clásico: “De golpe las vio, las botellas de aguardiente, anís, jerez, Highland Queen, los vasos, una babel de vasos subidos hasta el cielo y cayendo luego, los vasos quebrados, los vasos volcados cuesta abajo por los jardines del Generalife, las botellas rotas, botellas de oporto, tinto, blanco, botellas de Pernod, Oxygenee, ajenjo, botellas destrozadas, botellas descartadas que caen sordamente en parques, debajo de bancos, de camas, de sillas de teatros, escondidas en los escritorios de los consulados, botellas de calvados soltadas y quebradas, o vueltas trizas, arrojadas en los basureros, lanzadas al mar (...), las botellas, las botellas, las hermosas botellas de tequila y las calabazas, calabazas, los millones de calabazas de hermoso mezcal...”.

El infierno en la tierra, lo inexplicable del amor, la soledad innata del hombre y la lucha contra sí mismo a través de una mirada tan lucida como extraviada en la embriaguez más cruda y desesperada, cuando los vasos se vacían unos tras otro, cuando no hay otra cosa que se pueda hacer. Sobre estos temas escribió Lowry, sobre la llama que crecía en su interior. Como le hizo decir a uno de sus personajes: “Estoy condenado, quiero decir que sigo ardiendo. Mi alma no es un alma, es un incendio”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario