La pluma y la botella
Dipsómano por
elección, lucido en la confusión y escritor maldito entre los malditos, Malcom
Lowry se las arregló para darle forma a una obra mayor desde el mas absoluto
caos.
Además
de escribir una de las obras más importantes del siglo XX, Malcom Lowry fue
quien llevó hasta el extremo la relación entre los escritores y el alcohol.
Nadie bebió más que él ni nadie, como él, decidió con tanta claridad volverse
alcohólico. Fue de chico cuando, para oponerse a su abstemio y puritano padre,
se dijo (y más tarde escribió): “Sabía que, en secreto, había decidido
convertirme en borracho cuando fuera mayor”.
Como consecuencia, su vida, rodeada de
botellas vacías, fue un caos. Dos veces incendió su casa y los manuscritos que
tenía. Bebió. Se caso, se divorcio y se volvió a casar. Bebió aún más. Después
de recorrer Asia de joven se fue de Inglaterra, su país de origen, y luego de
idas y vueltas cayó en México, la tierra que más lo afectaría en su vida pero
que mejor le haría a su obra: “México es paradisíaco e indudablemente
infernal”. Siguió bebiendo, fue expulsado de México y bebió y bebió hasta
cultivar una prosa y una mirada tan real y cruda como metafísica. Deleuze
escribió: “Cuando Fitzgerald o Lowry hablan de la grieta metafísica incorporal,
cuando encuentran en ella, a la vez, el lugar y el obstáculo de su pensamiento,
la fuente y la desecación de su pensamiento, el sentido y el sinsentido, es
porque han efectuado la grieta en el cuerpo con todos los litros de alcohol que
han bebido”.
En Oscuro como la tumba donde yaceun amigo, uno de sus libros póstumos, el protagonista dice: “Y eso es lo
que pasa, supongo: que estoy viviendo el libro que debería estar escribiendo”.
Y eso fue lo que hizo Lowry a su manera. Beber y beber para vivir y escribir. Y
lo que publicó fue poco pero contundente. Su primer libro fue Ultramarine,
una novela inspirada en los viajes a bordo de un buque que realizó en su más
temprana juventud. Su otro libro fue la obra maestra que lo expuso al mundo y a
la posteridad en tanto lo que fue: un borracho. Porque en Bajo el Volcán,
que tardó casi 10 años en escribir, cuenta el último día en la vida de Firmín,
un ex cónsul inglés que se ahoga en cataratas de mezcal durante las
celebraciones del día de los muertos en Cuernavaca. Y entre tantísimos párrafos
el siguiente quizás explique mejor que ningún otro el delirio etílico de Firmín
(de Lowry) que llegaría a transformarlo en un clásico: “De golpe las vio, las
botellas de aguardiente, anís, jerez, Highland Queen, los vasos, una babel de
vasos subidos hasta el cielo y cayendo luego, los vasos quebrados, los vasos
volcados cuesta abajo por los jardines del Generalife, las botellas rotas,
botellas de oporto, tinto, blanco, botellas de Pernod, Oxygenee, ajenjo,
botellas destrozadas, botellas descartadas que caen sordamente en parques,
debajo de bancos, de camas, de sillas de teatros, escondidas en los escritorios
de los consulados, botellas de calvados soltadas y quebradas, o vueltas trizas,
arrojadas en los basureros, lanzadas al mar (...), las botellas, las botellas,
las hermosas botellas de tequila y las calabazas, calabazas, los millones de
calabazas de hermoso mezcal...”.
El infierno en la tierra, lo inexplicable del amor,
la soledad innata del hombre y la lucha contra sí mismo a través de una mirada
tan lucida como extraviada en la embriaguez más cruda y desesperada, cuando los
vasos se vacían unos tras otro, cuando no hay otra cosa que se pueda hacer.
Sobre estos temas escribió Lowry, sobre la llama que crecía en su interior. Como
le hizo decir a uno de sus personajes: “Estoy condenado, quiero decir que sigo
ardiendo. Mi alma no es un alma, es un incendio”.
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