EL GRANJERO
El humo llena
la modesta habitación con un fuerte olor a tabaco y la botella de whisky de
centeno semivacía descansa sobre la mesa. Un hombre delgado, bajo de estatura y
de finos bigotes no deja de golpear las teclas de su maquina de escribir
mezclando voces, puntos de vista, monólogos interiores y saltos temporales de
la misma manera que se reproducen en su mente alcoholizada. Las horas pasan y
una nueva botella ocupa el lugar de la que está vacía. Las oraciones llegan a
ocupar más de una carilla y el caos es sólo apariencia. Negros, un nene
discapacitado, señoras a punto de pasar a mejor vida que empiezan a ser como
fantasmas para sus familias, blancos que beben alcohol porque no saben hacer
otra cosa, cuerpos con deformidades, sirvientas que cocinan, lavan y crían a
los hijos de sus amos, granjeros huraños rodeados de campos de algodón sin
algodón, mujeres mayores encerradas en sus casas porque no soportan las
transformaciones del mundo, aristócratas aplastados por nuevos ricos que no tienen
más que ambición y coroneles venidos a menos que hablan del pasado porque ya no
hay presente se cruzan una y otra vez por las calles de Yoknapatawpha, el
estado creado a imagen y semejanza de la tierra que el escritor que sigue
dándole golpes a su maquina habita en el centro del profundo sur
norteamericano.
La escena puede
situarse en cualquiera de las mañanas o noches en las que William Faulkner le
dio rienda suelta a su imaginación para concebir algunas de las obras mas
experimentales y profundas de la literatura del siglo XX y con las que llegó a
ser universal desde el más remoto y apartado de los lugares en Mississippi.
Los caminos de la vida
Más que como
escritor, Faulkner se definía a sí mismo como agricultor. Fue bajó éste rótulo
que se registró en el hotel de Estocolmo cuando en 1950 viajó a Suecia para
recibir el Premio Novel de Literatura y como eligió vivir su vida mientras los
premios le llegaban desde todos lados. De espíritu autodidacta, siempre afirmó
que el verdadero artista no necesita de academias y que los errores son los
principales maestros.
Pero antes de ser
reconocido en el mundo entero Faulkner debió recorrer un largo camino. En el
medio de aprietos económicos realizó toda clase de trabajos como pintor, piloto
y empleado bancario.
Su inicios en la literatura los narró él mismo en la
entrevista que le realizaron para The Paris Review: “Yo vivía en Nueva Orleáns,
trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero de vez en
cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por
la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos
una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca
lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer
lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo
mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí que escribir era
una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor
Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta (era la primera
vez que venía a verme) y me preguntó: "¿Qué sucede? ¿Está usted enojado
conmigo?". Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: "Dios mío",
y se fue. Cuando terminé el libro (La paga de los soldados) me encontré
con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que
ya lo había terminado. Ella me dijo: "Sherwood dice que está dispuesto a
hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá
a su editor que acepte el libro". Yo le dije "trato hecho", y así
fue como me hice escritor”.
El alcohol hecho literatura
Contemporáneo de Hemingway,
Fitzgerald y Henry Miller, Faulkner no sólo compartió la fama literaria con
éstos autores sino su temprana e incondicional afición por la bebida. Y en su
caso se trató de una relación tan orgánica que llegó a expresarse en su propia
literatura.
El escritor y crítico argentino Ricardo Piglia caracterizó a la
totalidad de la obra faulkneriana como si fuese el monólogo interior de un
borracho: “Creo que lo que más impresiona de Faulkner es la autonomía del que narra:
importa más la voz del narrador que la historia propiamente dicha. A menudo el
narrador alucina, divaga, se va por las ramas, se olvida lo que estaba
narrando, vuelve a empezar. Una especie de narrador amnésico, medio borracho,
perdido en el relato. Es extraordinario”.
Desde temprana edad
el whisky apareció en la vida de Faulkner para nunca más abandonarlo. Con voz
resbaladiza por las copas que había tomado dio el discurso de aceptación del
premio Novel de Literatura y fue la borrachera la que lo hizo caer de un
caballo y perder la vida. Además, consciente de su tendencia tenía alquilada la
habitación de un hospital en Memphis para recuperarse de sus cíclicas recaídas
alcohólicas y poder seguir escribiendo. Se trataba, en su caso, del bálsamo que
le permitía recorrer las carreteras de la creación.
Al ser interrogado sobre
sus ritos a la hora de escribir dijo: “Mi propia experiencia me ha enseñado que
los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un
poco de whisky”.
El universo en una granja
En Faulkner se da una paradoja entre la
forma y el contenido. Ubicándose a la vanguardia junto a escritores como James
Joyce, Marcel Proust y Virginia Wolf llevó al extremo las posibilidades de la
prosa experimentando con el manejo no cronológico del tiempo, con el
multiperspectivismo, con la oralidad en la narración y con la escritura de
oraciones que podían ocupar páginas enteras.
Pero al mismo tiempo, a través de
historias desgarradoras, no cesó de criticar el advenimiento del mundo
capitalista que comenzaba a colonizar los espacios de occidente. Piglia
escribe: “La utopía en Faulkner es la búsqueda de un mundo que se ha perdido, que
se trata de recordar y reconstruir como si estuviese sumergido en las ruinas
del presente”. “Los valores vencidos del Sur, la óptica arcaica y
aristocrática, son el fundamento de una crítica violentísima a la moral
pragmática capitalista”.
La dualidad de
vanguardia artística y espíritu conservador dio lugar a novelas magistrales
como Luz de Agosto, Mientras Agonizo, El Sonido y La Furia, AbsalomAbsalom!, Santuario, Luz de Agosto y Las Palmeras Salvajes y a
cientos de cuentos como El oso, Una Rosa para Emily y Incendiar
Establos. La mayoría de los mismos transcurren en Yoknapatawpha, un estado
en el que puso a vivir a 6.928 blancos y 9.313 negros y que creó para hablar de
su contexto y al mismo tiempo del mundo entero.
Al intentar
descifrar el misterio y la oscuridad que percibía en sus páginas, Borges
escribió: “En sus novelas nunca sabemos qué está pasando, pero sabemos que lo
que pasa es terrible”. Ese mismo misterio fue el que el propio Faulkner intentó
graficar en una carta enviada a su amigo Malcom Cowly en la que le confesó que
en su obra estaba contando la misma historia una y otra vez: una carrera de
caballos hacia la nada.

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