miércoles, 25 de julio de 2012

fragmentos de la generacion beat


Poetas visionarios, cuerpos desnudos en llamas, viajeros incansables, escritores que traducen en palabras los secretos de la conciencia, almas libres, protagonistas de sus propias historias, mentes lucidas y alucinadas, los Beats se atrevieron a gritar por una nueva sensibilidad en un mundo en el que todavía se utilizaba el electroshock para combatir la homosexualidad y la locura. Con textos directos golpearon los convencionalismos sociales y desnudaron el American way of life para poner de manifiesto la exclusión que ese estilo de vida generaba en aquellos que deseaban vivir de otra manera.


Precursores del hipismo, de la experimentación con las drogas, del interés occidental por el budismo zen y las culturas orientales, del sexo libre, de la aceptación del multiculturalismo e influencia directa del mayo francés, de los movimientos por los derechos sociales y de la oposición a la guerra de Vietnam, este grupo de artistas vitales supo mostrarle a los jóvenes que podían ser dueños de sus voces y cuerpos para actuar con libertad y elevar sus espíritus hasta cimas inenarrables. Y esto años antes de que el rock irrumpiera con sus movimientos pélvicos, sus flequillos y guitarras, antes de que el pop absorbiera todos los espacios y de que el punk escupiera en nombre del inconformismo.


ARQUEOLOGÍA DE UNA PALABRA.

El término beat surgió una noche de 1948 cuando Jack Kerouac le dijo a su amigo poeta John Clellon Holmes: “Sabes, la nuestra no es más que una generación vencida (beat)”. Años más tarde, en 1952, Holmes publicó un artículo en el New York Times titulado “This is the beat generation” y a partir de ahí los medios de comunicación empezaron a utilizar el concepto para identificar a un grupo de personas que empezaban a tener cada vez más relevancia pública.

Rodeada de equívocos, la palabra generó confusiones y frente a la evidencia de que comenzaba a ser vinculada a la delincuencia y a la violencia, en un artículo de 1957 titulado “Sobre la generación beat” Kerouac explicó: “Se trata de una visión que tuvimos en torno a la generación de los locos, iluminados hipsters que de pronto se erguían y deambulaban por toda América, serios, curiosos, vagando y haciendo dedo en todos lados, harapientos, beatíficos, hermosos en un sentido nuevo y grácil. Nunca significó delincuentes juveniles, sino héroes subterráneos que finalmente se apartaban de la maquinaria de la “libertad” occidental y tomaban drogas, entendían el bop, tenían visiones introspectivas, experimentaban el desarreglo de los sentidos, hablando de manera extraña, siendo pobres y felices”.

Más allá del significado generacional, y de que la visión de Kerouac haya sido algo más que un sueño, lo beat se utilizó para denominar a un grupo de escritores cuyos tres máximos exponentes, con sólo tres libros, generaron un sismo que haría tambalear las bases del puritanismo prosaico y moral de su época.


EL SANTO DE LA PROSA MODERNA.

Jack Kerouac nació el 12 de marzo de 1922 y murió el 22 de octubre de 1969 por un derrame interno provocado por la cirrosis. En el medio, una vida que se transformaría en leyenda y una escritura que irrumpiría con la fuerza de un cross a la mandíbula. El propio Henry Miller, en el prólogo a Los Subterráneos, escribió: “Es posible que nuestra prosa no se recobre jamás de lo que le ha hecho Jack Kerouac”.

En 1950 recibió una carta de 23 mil palabras en tono confesional de Neal Cassady (el anfetamínico Dean Moriarty de En el Camino) que le marcaría el rumbo literario que andaba buscando. “La carta de Joan”, como se conoció más tarde, fue considerada por Kerouac como una pieza maestra de la prosa moderna y lo impulsó a escribir textos en los que las inhibiciones literarias, gramaticales y sintácticas no estuvieran presentes. Fue éste el inicio de su “prosa espontánea” con la que narraría su vida a un ritmo intenso que, por ejemplo, lo llevó a escribir En el camino en sólo tres semanas utilizando un único rollo de papel “para no detener la inspiración”. Como señala en “Los principios fundamentales de la prosa espontánea”: “Sopla y escribe tan profundo como quieras, pesca tan hondo como quieras, satisfaciéndote a ti mismo primero, para que luego el lector pueda recibir telepáticamente el estímulo y la emoción significante mediante las reglas que operan en su propia mente”.


EL POETA COMBATIVO.

En octubre de 1950, a los 29 años, Allen Ginsberg organizó una lectura de poesía en la Galery Six. Será la noche del 7 cuando leerá Howl (Aullido), un poema en el que hacía tiempo que trabajaba pero que no tenía pensado publicar. Durante la lectura cantó, gimió y hasta estuvo a punto de llorar lo cual provocó una fuerte reacción en el público que le permitió comprender que liberando su personalidad podía llegar a conmover. Más allá de la performance, el poema trascendería la situación transformándose en uno de los textos más importantes del siglo XX. Tanto desde el estilo libre y directo (“primer pensamiento mejor pensamiento”) como desde la elección temática de los desclasados y marginales (“He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la locura, famélicos, histéricos, desnudos”) el poema mostraría un nuevo mundo con un nuevo lenguaje y tendría que atravesar un juicio por obscenidad para ser publicado.

Ginsberg rechazó todas las ideas sobre rima y métrica porque lo que le interesaba era la expresión. Consideraba que el ingrediente esencial en toda poesía era la sinceridad y que la experiencia de cualquiera podía ser un poema. Con sus ideas y sus obras colaboró para que todo el mundo pudiera disfrutar de la poesía no sólo leyéndola sino también escribiéndola.

Después de la lectura de Howl, irrumpiría como figura pública y estaría presente en cuanta manifestación social se realizara. Homosexual asumido desde joven, rechazaría toda discriminación con obras poéticas brillantes y acciones incansables que lo llevarían a ser considerado por el FBI como enemigo de la seguridad interna norteamericana. Cuando le preguntaban sobre su creencia política, simplemente contestaba: “Desafío absoluto”.


EL FILOSOFO DESNUDO.

William Burroughs fue un filósofo/artista cuyo campo de acción excedió el marco de la generación beat. Tanto Kerouac como Ginsberg lo consideraban un hermano mayor por su edad y por la vasta experiencia y el conocimiento que tenía al momento de conocerlos. En su vida aparece una infancia en el seno de una familia acomodada, el descubrimiento temprano de la homosexualidad y el amor por las armas, una fuerte y autodestructiva adicción a la heroína que lo sumiría durante años en una vida de infierno y problemas con la ley, viajes a Perú en busca de experiencias con el ayahuasca, trabajos como exterminador de cucarachas, el asesinato accidental de su esposa por un tiro que le pegó en la cabeza cuando intentaba apuntarle a una manzana, el autoexilio en Tánger en donde vivirá en un estado de pesadilla adictiva que lo impulsará a escribir casi sin darse cuenta El almuerzo desnudo, su obra emblemática.

A pesar de consumir durante años, se manifestaba en contra de las drogas por considerarlas el modelo de todo mecanismo de control por parte del Estado, una manera de generar adicción y dependencia. Creía que el adicto era el sujeto social ideal y que la droga era el producto perfecto, la mercancía final, ya que “el comerciante de droga no le vende su producto al consumidor sino que vende el consumidor a su producto”. Una de sus ideas más importantes es la de haber definido al lenguaje como a “un virus del espacio exterior”.



En sus libros intentó atravesar la película de la realidad para ingresar en la sala de proyección o alcanzar “un instante helado en que todos ven lo que hay en la punta de los tenedores”. Como el mismo dijo: “No pretendo imponer relato, argumento, continuidad… En la medida en que consigo un registro directo de ciertas áreas del proceso psíquico, quizás desempeñe una función concreta… no pretendo entretener”.

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