jueves, 26 de julio de 2012

vida y obra de Dylan Thomas



RETRATOS DEL ARTISTA ALCOHOLICO



El primer retrato puede ser el de un joven de ojos que parecen mirar hacia tierras privadas, pelo rojizo y enrulado, rostro desafiante, pañuelo en el cuello y un eterno cigarro entre los labios que camina ansioso hacia la barra del bar Antelope en el puerto de Swansea, su ciudad natal en Gales. La jornada laboral en el periódico South Wales Evening Post en el que escribe brillantes obituarios y furibundas criticas de teatro y cine quedó atrás y un Dylan Thomas de apenas 17 años necesita embriagarse hasta perder el conocimiento para sumergirse en precarias bacanales junto a marineros ingleses y prostitutas avejentadas que le cuentan historias que lo dejan impresionado.






El segundo retrato, muchos años después, cuando ya es considerado uno de los poetas más originales de su tiempo y a fuerza de escándalos y océanos de alcohol se había ganado el mote de enfant terrible, lo presenta como a un hombre gordo, hinchado por la bebida, con una expresión de hosquedad que enmarca a la perfección su imagen desaliñada y que es escuchado por miles de jóvenes en cada uno de los auditorios universitarios en donde es invitado a leer poesía como si fuera la primer estrella de rock. Acá también hay una taberna que su presencia hizo famosa, la White Horze Tavern (taberna del caballo blanco) en el Greenwich Village de New York, la misma que más tarde, siguiendo su rastro, visitaron Bob Dylan, Anais Nin, Allen Ginsberg y Jack Kerouac entre tantos otros.



En el medio, como el marco que encuadra estos dos retratos, aparecen como presencias constantes la poesía y el alcohol, las dos fuerzas que dominaron su vida. La pluma y el vaso. La tinta azul con la que grabó sus misteriosas imágenes sonoras y los líquidos amarillentos de la cerveza, amarronados del whisky, transparentes del gin y del vodka y violáceos del vino tinto con los que lleno su cuerpo y extravió su mente para ingresar en trances creadores que dictaron su obra.

EL ENAMORADO DE LAS PALABRAS.


Su amor incondicional fue por las palabras (“soy un caprichoso usador de palabras”). No por sus sentidos sino por sus sonidos. Y este amor lo dominó desde su más temprana infancia, aquella durante la cual podía recitar de memoria los versos completos del Ricardo III de William Shakespeare: “... en primer lugar quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, sólo de sus palabras. Lo que las palabras representan, simbolizan o querían decir tenía una importancia secundaria; lo que importa era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de la remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo (...) No me importaba lo que decían las palabras, ni tampoco lo que le sucediera a Jack, a Jill, a la Madre Oca y a todos los demás; me importaba las formas sonoras que sus nombres y las palabras que describían sus acciones creaban en mis oídos; me importaba los colores que las palabras arrojaban a mis ojos (...) Me enamoré inmediatamente (esta es la única expresión que se me ocurre), y todavía estoy a merced de las palabras, aunque ahora a veces, porque conozco muy bien algo de su conducta, creo que puedo influir levemente en ellas, y hasta he aprendido a dominarlas de vez en cuando, lo que parece gustarles”.

LA POESIA EN EL CUERPO.

La receta que lo inspiraba era simple: “Un diccionario de rimas, una pequeña selección de objetos naturales y un don de dos centavos para enhebrar palabras bonitas juntas, y uno puede escribir todo el día”. Y eso es lo que hizo día tras días desde que a los 18 años abandonó su trabajo de periodista y se encerró durante 5 meses en su habitación del Nº 5 de Cwmdonkin Drive para llenar cientos de páginas de poesía y consagrarse a, como él mismo lo definía, su “arte u hosco oficio”. Y es lo mismo que hizo después cuando su mujer Gaitlin MacNamara lo encerraba bajo llave durante horas en una de las habitaciones de su casa para que no perdiera la concentración.

Su obra no es abundante en tamaño pero excede todos los limites por su calidad. Más allá del criticismo intelectual de T. S. Eliot y de la poesía social encabezada por W. H. Auden que estaban en boga en el período de entreguerras, Dylan Thomas, que terminó convirtiéndose en uno de los espíritus de su época, articuló de manera original el surrealismo ingles con el retorno a una religiosidad personal en la que mezcló imágenes de la tradición celta y cristiana con una compleja simbología sexual. Fue así que escribió cuentos cortos y guiones para radio, cine y teatro pero en donde dejó su marca indeleble fue en la poesía, un espacio que le resultó físico, orgánico, dionisiaco: “Lo que importa con respecto a la poesía es el placer que proporciona por trágico que sea. Lo que importa es el movimiento eterno que está detrás de ella, la vasta corriente subterránea de dolor, locura, pretensión, exaltación o ignorancia por modesta que sea la intensión del poema”. El placer, antes todo el placer: “La poesía debe ser tan orgiástica y orgánica como la cópula, divisoria y unificadora, personal pero no privada, propagando al individuo en la masa y a la masa en el individuo”. Y ese placer que lo obsesionaba tenía su origen y su fundamento en el cuerpo, en el afuera, en los objetos, en la materia: “... todos los pensamientos y los actos emanan del cuerpo. Por lo tanto, la descripción de un pensamiento o de una acción (por abstrusa que sea) puede ser comprendida llevándola al nivel físico. Toda idea, intuitiva o intelectual, puede ser imaginada y traducida en términos de cuerpo, su carne, piel, sangre, nervios, venas, glándulas, órganos, células o sentidos”.

Como ejemplo se podrían citar cientos de líneas memorables como aquella que dice “Mi sangre nace en las venas de las rosas” con la que le dio a las rosas venas humanas y a sus venas sangre de rosas. Y así fue como se sumergió en lo que consideró su misión: develar la significancia cósmica de la anatomía humana.

LA ULTIMA BORRACHERA.


Eterno bohemio de vida desordenada y excesiva, Dylan Thomas abandonó la tierra con la misma precocidad con la que irrumpió en el mundo de las letras. Después de dejar grandes obras repletas de visiones personales como Retrato del artista cachorro, Muertes y entradas, Bajo el bosque lácteo, El mapa del amor y las compilaciones Dieciocho poemas y Veinticinco poemas el 9 de noviembre de 1953 a las 12.40 Thomas cerró los ojos por última vez en el hospital St. Vincent de New York. Si bien los primeros rumores avalaron la versión de la hemorragia cerebral y de que había bebido hasta morir, el análisis post-mortem declaró que la causa inmediata había sido una inflamación del cerebro causada por la carencia de oxigeno que acompaña a la neumonía.




Más allá del hecho concreto, sus últimas palabras fueron a su vez las primeras que lo comenzaron a transformar en mito: “he bebido 18 vasos de whisky, creo que es todo un record”.

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