RETRATOS DEL ARTISTA ALCOHOLICO
El primer retrato puede ser el de un joven de
ojos que parecen mirar hacia tierras privadas, pelo rojizo y enrulado, rostro
desafiante, pañuelo en el cuello y un eterno cigarro entre los labios que
camina ansioso hacia la barra del bar Antelope en el puerto de Swansea,
su ciudad natal en Gales. La jornada laboral en el periódico South Wales
Evening Post en el que escribe brillantes obituarios y furibundas criticas
de teatro y cine quedó atrás y un Dylan Thomas de apenas 17 años necesita
embriagarse hasta perder el conocimiento para sumergirse en precarias bacanales
junto a marineros ingleses y prostitutas avejentadas que le cuentan historias
que lo dejan impresionado.
El segundo retrato, muchos años después,
cuando ya es considerado uno de los poetas más originales de su tiempo y a
fuerza de escándalos y océanos de alcohol se había ganado el mote de enfant
terrible, lo presenta como a un hombre gordo, hinchado por la bebida, con
una expresión de hosquedad que enmarca a la perfección su imagen desaliñada y
que es escuchado por miles de jóvenes en cada uno de los auditorios
universitarios en donde es invitado a leer poesía como si fuera la primer
estrella de rock. Acá también hay una taberna que su presencia hizo famosa, la White
Horze Tavern (taberna del caballo blanco) en el Greenwich Village de New
York, la misma que más tarde, siguiendo su rastro, visitaron Bob Dylan, Anais
Nin, Allen Ginsberg y Jack Kerouac entre tantos otros.
En el medio, como el marco que encuadra estos
dos retratos, aparecen como presencias constantes la poesía y el alcohol, las
dos fuerzas que dominaron su vida. La pluma y el vaso. La tinta azul con la que
grabó sus misteriosas imágenes sonoras y los líquidos amarillentos de la
cerveza, amarronados del whisky, transparentes del gin y del vodka y violáceos
del vino tinto con los que lleno su cuerpo y extravió su mente para ingresar en
trances creadores que dictaron su obra.
EL ENAMORADO DE LAS PALABRAS.
Su amor incondicional fue por las palabras
(“soy un caprichoso usador de palabras”). No por sus sentidos sino por sus
sonidos. Y este amor lo dominó desde su más temprana infancia, aquella durante
la cual podía recitar de memoria los versos completos del Ricardo III de
William Shakespeare: “... en primer lugar quería
escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas
que conocí fueron canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había
enamorado de sus palabras, sólo de sus palabras. Lo que las palabras
representan, simbolizan o querían decir tenía una importancia secundaria; lo
que importa era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de la
remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo
(...) No me importaba lo que decían las palabras, ni tampoco lo que le
sucediera a Jack, a Jill, a la Madre Oca y a todos los demás; me importaba las
formas sonoras que sus nombres y las palabras que describían sus acciones
creaban en mis oídos; me importaba los colores que las palabras arrojaban a mis
ojos (...) Me enamoré inmediatamente (esta es la única expresión que se me
ocurre), y todavía estoy a merced de las palabras, aunque ahora a veces, porque
conozco muy bien algo de su conducta, creo que puedo influir levemente en
ellas, y hasta he aprendido a dominarlas de vez en cuando, lo que parece
gustarles”.
LA POESIA EN EL CUERPO.
La receta que lo inspiraba era simple: “Un diccionario de rimas,
una pequeña selección de objetos naturales y un don de dos centavos para
enhebrar palabras bonitas juntas, y uno puede escribir todo el día”. Y eso es
lo que hizo día tras días desde que a los 18 años abandonó su trabajo de
periodista y se encerró durante 5 meses en su habitación del Nº 5 de Cwmdonkin
Drive para llenar cientos de páginas de poesía y consagrarse a, como él
mismo lo definía, su “arte u hosco oficio”. Y es lo mismo que hizo después
cuando su mujer Gaitlin MacNamara lo encerraba bajo llave durante horas en una
de las habitaciones de su casa para que no perdiera la concentración.
Su obra no es abundante en tamaño pero excede todos los limites
por su calidad. Más allá del criticismo intelectual de T. S. Eliot y de la
poesía social encabezada por W. H. Auden que estaban en boga en el período de
entreguerras, Dylan Thomas, que terminó convirtiéndose en uno de los espíritus
de su época, articuló de manera original el surrealismo ingles con el retorno a
una religiosidad personal en la que mezcló imágenes de la tradición celta y
cristiana con una compleja simbología sexual. Fue así que escribió cuentos
cortos y guiones para radio, cine y teatro pero en donde dejó su marca
indeleble fue en la poesía, un espacio que le resultó físico, orgánico,
dionisiaco: “Lo que importa con respecto a la poesía es el placer que
proporciona por trágico que sea. Lo que importa es el movimiento eterno que
está detrás de ella, la vasta corriente subterránea de dolor, locura,
pretensión, exaltación o ignorancia por modesta que sea la intensión del
poema”. El placer, antes todo el placer: “La poesía debe ser tan orgiástica y
orgánica como la cópula, divisoria y unificadora, personal pero no privada,
propagando al individuo en la masa y a la masa en el individuo”. Y ese placer
que lo obsesionaba tenía su origen y su fundamento en el cuerpo, en el afuera,
en los objetos, en la materia: “... todos los pensamientos y los actos emanan
del cuerpo. Por lo tanto, la descripción de un pensamiento o de una acción (por
abstrusa que sea) puede ser comprendida llevándola al nivel físico. Toda idea,
intuitiva o intelectual, puede ser imaginada y traducida en términos de cuerpo,
su carne, piel, sangre, nervios, venas, glándulas, órganos, células o
sentidos”.
Como
ejemplo se podrían citar cientos de líneas memorables como aquella que dice “Mi
sangre nace en las venas de las rosas” con la que le dio a las rosas venas
humanas y a sus venas sangre de rosas. Y así fue como se sumergió en lo que
consideró su misión: develar la significancia cósmica de la anatomía humana.
LA ULTIMA BORRACHERA.
Eterno bohemio de vida desordenada y excesiva, Dylan Thomas
abandonó la tierra con la misma precocidad con la que irrumpió en el mundo de
las letras. Después de dejar grandes obras repletas de visiones personales como
Retrato del artista cachorro, Muertes y entradas, Bajo el bosque lácteo, El
mapa del amor y las compilaciones Dieciocho poemas y Veinticinco
poemas el 9 de noviembre de 1953 a las 12.40 Thomas cerró los ojos por
última vez en el hospital St. Vincent de New York. Si bien los primeros rumores
avalaron la versión de la hemorragia cerebral y de que había bebido hasta
morir, el análisis post-mortem declaró que la causa inmediata había sido una
inflamación del cerebro causada por la carencia de oxigeno que acompaña a la
neumonía.
Más allá del hecho concreto, sus últimas palabras fueron a su vez las
primeras que lo comenzaron a transformar en mito: “he bebido 18 vasos de
whisky, creo que es todo un record”.


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