Hoy en día resulta natural comprar una botella de agua. Con sus promesas
de salud y pureza representa la alternativa a los peligros y la inseguridad que
genera la contaminación del medio ambiente. Sin embargo, esto no fue siempre
así y en realidad se trata de un fenómeno impulsado por una industria que desde
sus orígenes experimentó un crecimiento sostenido a escala planetaria.
Como señala la experta en comercio internacional y desarrollo sostenible
estadounidense Annie Leonard en el video “La Historia del Agua Embotellada” (ver al final de la nota),
todo comenzó en la década del 70 cuando las compañías de refrescos se vieron en
una encrucijada al notar que el crecimiento en la venta de sus productos comenzaba
a estancarse. Fue así que a gigantes como Nestlé, Coca-Cola y Pepsi se les
ocurrió empezar a comercializar agua embotellada. La iniciativa no fue fácil,
sobre todo porque a la población le resultaba extraño pagar por un recurso
natural al que se podía acceder con sólo abrir la canilla. Entonces, como
remarcan en este video que forma parte del proyecto “La Historia de las Cosas” (The Story of the Stuff), las
compañías apelaron a lo que mejor saben hacer: la manufacturación de demandas.
Según explican, primero hicieron que la gente se sienta insegura si no
compraba el producto y, para esto, empezaron a asustarlos con el consumo de
agua corriente. Por último, crearon un aura de bienestar alrededor de las
botellas de agua con campañas publicitarias en las que los cuerpos jóvenes y
los paisajes de montañas, lagos y fauna fueron los protagonistas que dieron
lugar a la sensación de pureza que terminó por instalarse. Cuarenta años más
tarde, lo que empezó como una novedad se transformó en una necesidad que muy
pocos discuten a pesar de que, entre otras cosas, un litro de agua embotellada
cuesta entre mil y mil quinientas veces más que un litro de agua de los
servicios públicos.
Agua de la canilla embotellada
Uno de los aspectos que más contribuye a las
ventas de agua embotellada es la sensación de que es más rica y sobre todo más
saludable que la de la canilla. Si bien es cierto que en algunos casos puede
ser más sabrosa y que en provincias como el Chaco o Misiones el acceso al agua
potable es mucho más difícil, en el marco de la Ciudad de Buenos Aires esta
supuesta inseguridad es más una idea que una realidad.
Consultados por Perfil,
desde AySA aseguran brindar un buen servicio de agua potable en el área que
abarca Capital y 17 partidos del primer cordón del conurbano: “El agua se
extrae del Río de la Plata y es sometida a procesos de potabilización con
estrictos controles de calidad durante todo su recorrido. Se trata de los controles
en línea, los de laboratorio de planta, los de laboratorio central y finalmente
los de la Red de Distribución. De esta manera, convertimos el agua cruda, que
es como se encuentra en su estado natural, en agua potable. Además, existe el
Ente Regulador de Agua y Saneamiento (ERAS) que se encarga de fiscalizar la
calidad del servicio y que cuenta con una Defensoría
cuya misión es representar los intereses y los derechos del usuario en cuestiones que
pudieran afectarlo”.
Para Juan Carlos
Villalonga, vocero de Greenpeace Argentina, la situación es clara: “La idea de que el agua embotellada es mejor que
el agua de red es un mito. Lo que se viene haciendo desde
hace años es devaluar el agua de la canilla para después vender la embotellada.
Hoy el agua de la canilla es exactamente la misma que la embotellada pero si
las cosas siguen así en 15 años ya no va a ser tan buena”.
Por su parte,
Ricardo Natalichio, director de www.ecoportal.net,
una página dedicada a la difusión de información sobre el medio ambiente con
más de 350 mil usuarios, señala: “El negocio del agua embotellada va
en detrimento de las redes públicas. En cierto segmento son competidores y las
embotelladoras generan con su aparato publicitario dudas con respecto a la
potabilidad del agua de red. En este sentido, es bueno aclarar que en muchos
casos el agua embotellada es tomada de la red pública, es decir que se trata de
la misma que sale de la canilla”.
Tony Clarke, un
investigador canadiense que es citado en el informe de Redes Amigos de la Tierra, asegura que una cuarta parte del agua embotellada que se vende hoy en
el planeta es tomada directamente de los grifos y luego procesada. “Las
fabricas de refrescos en general toman agua del mismo sistema al que accede el
público, sea municipal u otro, y en muchos casos le agregan un paquete de
minerales y al resultado lo llaman agua mineral”, explica.
Asimismo, según la UNESCO,
más de la mitad del líquido que se vende en botella en el planeta es purificado
y no mineral y para la Organización Mundial de la Salud (OMS) no hay pruebas
convincentes que sustenten los efectos beneficiosos de las aguas minerales.
Por
su parte, en las cartillas educativas publicadas en la Web del InstitutoNacional del Agua (INA), señalan: “Diversos estudios han indicado que muchos
consumidores están siendo estafados debido a los gastos del agua embotellada y
en algunos casos probablemente terminen bebiendo agua más sucia que la que
pueden obtener de grifo”.
Es importante tener
en cuenta que, según un informe publicado por la Dirección Nacional de Alimentos, mientras el agua mineral natural es la que se obtiene de un
yacimiento (manantial) o de un estrato acuífero (napa) mediante surgencia
natural o perforación, el agua mineralizada artificialmente es la que se
elabora con agua de red urbana a la que se adicionan minerales de uso
permitido.
Entonces, sólo hace falta ponerse un par de anteojos con aumento y
leer las etiquetas de las empresas más importantes de agua para ver la frase
“agua mineralizada artificialmente” en más de una marca que ocupa los primeros
lugares dentro del imaginario de pureza y bienestar embotellado.
El plástico, muy lejos de lo natural.
Mientras a través
de cientos de propagandas las empresas prometen salud y un acercamiento a
espacios naturales, durante la producción, la distribución, el consumo y la
disposición de las botellas de agua se pone en funcionamiento una maquinaria
que contamina el medio ambiente de manera constante.
Para extraer el agua y
fabricar las botellas se utilizan grandes cantidades de petróleo. Por ejemplo,
en Estados Unidos se usan al año 17 millones de barriles de crudo con estos
fines, una cantidad que podría abastecer a más de cien mil autos. A su vez, se
generan 2 millones 500 mil toneladas de dióxido de carbono, una sustancia que
contribuye particularmente al calentamiento de la tierra. Y todo esto sólo en
el país del Norte.
El punto más
controversial, sin embargo, es lo que pasa con los envases de plástico una vez
vacíos. A nivel mundial, de todas las botellas consumidas el 80% termina como
desecho y sólo el 20% es reciclado. Esto hace que, según cálculos de la Earth Policy Institute (EPI), alrededor
de 1500 botellas de agua terminen en la basura por segundo. ¿Y a dónde van a
parar? Al océano, debajo de la tierra o a basurales en los que estarán entre
400 y 1000 años degradándose y contaminando el ecosistema.
Como señala
Natalichio: “La mayor parte del agua embotellada utiliza envases de Pet (tereftalato de polietileno), que en el mejor de los casos termina en los
rellenos sanitarios. El Pet necesita de cientos de años para degradarse, pero en
su producción utiliza energía, mucha agua y además genera contaminación en el
transporte”.
Un caso que
empieza a llamar la atención del mundo es el de la denominada “Mancha del Pacifico” que, descubierta por el oceanógrafo norteamericano Charles Moore en
1997, comprende dos grandes islas de desperdicios ubicadas en la zona oceánica ubicada
entre Estados Unidos, Canadá y Japón. Esta inmensa masa contiene alrededor de
100 millones de toneladas de desperdicios y está compuesta en un 80% por
plásticos. Para hacerse una idea de la inmensidad de esta mancha se calcula que
sería más grande que el estado de Texas y que, incluso, triplicaría el tamaño
de España. Los biólogos marinos y los estudiosos del océano afirman que hoy en
día limpiarla no es una opción ya que, mientras dure nuestra dependencia al
plástico, la mancha se irá haciendo cada vez más grande.
Las botellas de agua
no sólo perjudican al medio ambiente. Si se lee con atención una vez más las
etiquetas de los envases que venden en la vía pública se notará que todas, sin
excepción, exhiben la siguiente inscripción: “Consérvese en un lugar fresco y
libre de olores, alejado de la luz solar”. Inclusive, en la etiqueta de una de
las marcas líderes, se podrá leer: “Conservar el envase cerrado y en un lugar
fresco cada vez que se utilice y, una vez abierto, consumir el producto dentro
de los 5 días”. ¿Pero por qué será que debemos cuidar tanto un producto que
parece ser tan sano? Porque expuestas al calor o a olores intensos las botellas
de plástico pueden generar un desarrollo anormal de microbios y químicos que,
entre otras cosas, producen cáncer de seno u otras variantes. Si se tuvo la
fortuna de guardar el agua en la heladera y no se expuso ni al calor ni a
olores, de todas formas las botellas ya entraron en contacto con temperaturas
altas tanto en los depósitos de almacenamiento como durante el traslado en
camiones.
El oro azul
El 28 de julio
pasado, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó el Derecho Humano al Agua y Saneamiento. Esto significa que las naciones del mundo deben garantizar
a sus ciudadanos el acceso a las cantidades básicas de agua para subsistir. Si
bien se trata de un gran paso en lo teórico, en la práctica la realidad muestra
que, a futuro, será muy difícil hacer cumplir este derecho.
Peter Gleich,
coordinador del informe World´s Water 2004-2005 y uno de los mayores expertos en la materia, señala: “Temo que la
disponibilidad de agua envasada como alternativa al agua limpia y segura
municipal frene las presiones internacionales para proporcionar agua segura a
todos los seres humanos. El agua embotellada no debe dejar de ser una solución
temporal y nunca debe sustituir al suministro público, porque quienes más
problema de acceso tienen se verán obligados a pagar precios inflados por un
agua proporcionada por vendedores privados o empresas de agua envasada”.
El inconveniente se debe a que mientras gran parte de las sociedades piensa que
el agua embotellada es la alternativa, no les exige a los gobiernos que se
preocupen por invertir y mejorar las redes públicas. De esta manera, en muchos
lugares del país más allá de la Ciudad de Buenos Aires resulta difícil acceder
al agua potable. “Lo que ha estado sucediendo durante las últimas décadas es
que hay una importante presión de los Organismos Internacionales como el Banco
Mundial para que los servicios públicos sean privatizados. El agua está en ese
camino, pero esto solamente provocará que se extienda la red de agua a los
barrios que pueden pagarla y que los de menores recursos continúen con la
penuria de no acceder a lo que es hoy un Derecho Humano elemental”, señala
Natalichio.
Villalonga, por su parte, va más lejos y piensa que en realidad se trata de un
fenómeno que ya está sucediendo: “El
discurso de que en un futuro las grandes potencias van a venir a robar nuestra
agua es falso. El agua ya está privatiza. Hemos regalado nuestra agua a las
grandes empresas y encima la compramos todos los días en botellitas de
plástico. El agua ya se la llevaron y cada vez que compramos una botellita lo
estamos aceptando”.
NOTA PUBLICADA EL 30 DE OCTUBRE DEL 2010 EN EL SUPLEMENTO EL OBSERVADOR DEL DIARIO PERFIL



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